lunes, 16 de mayo de 2011

Tartagal es apenas el comienzo.


Por Raúl A. Montenegro (1)

Artículo publicado en el Diario La Voz del Interior. Jueves 27 de abril de 2006. Sección Opinión.



Aunque Platón ya había descrito las consecuencias de la deforestación en Grecia, cualquier lugareño observador sabe que la tala de un bosque nativo es el primer paso hacia los desiertos. Pero la mayoría de los funcionarios y organismos públicos de Argentina parece ignorarlo. Para ellos es más redituable políticamente hacer obras de cemento, besar a los niños en actos públicos o entregar viviendas, y responsabilizar al cielo por las inundaciones de Tartagal, el Chaco o San Carlos Minas. Todos debemos asumir algunas verdades esenciales. Tener áreas naturales protegidas no es suficiente. La mayoría de las "fábricas" naturales de agua, de suelo y de estabilidad climática están en nuestras zonas montañosas y sus piedemontes, los mismos que se subastan, queman y destruyen. ¿Qué podemos esperar de un gobierno como el salteño, que desafectó terrenos protegidos en el que vivían comunidades indígenas? ¿Podríamos disculpar la ineficiencia criminal de municipalidades que permiten el asentamiento de población en áreas de inundación?. Creemos que no, que Argentina llegó a un límite inaceptable de improvisación e impericia. Los Parques Nacionales de Iguazú en Misiones, de Quebrada del Condorito en Córdoba, o de Las Quijadas en San Luis son hermosos y necesarios, pero no suficientes. Ninguna reserva lo es. Solo aquellos países que conservan el 100% de sus cuencas hídricas activas y más de la mitad de la superficie total de sus ecosistemas naturales pueden eludir las tragedias ambientales y sociales que provoca la deforestación y la falta de planificación. Desde ya, la mayor parte de los gobiernos de Argentina y buena parte de su sociedad civil siguen mirando hacia otro lado. Tartagal es apenas el comienzo.

Las cuencas hídricas son sistemas ecológicos de alta complejidad que generan buena parte de las aguas superficiales y subterráneas de nuestro país. Son gigantescas esponjas de roca, suelos y organismos vivientes que interrelacionaron por milenios el clima y la realidad superficial de los ecosistemas terrestres. Sin vegetación nativa -sin ecosistemas nativos- no hay cuenca activa que pueda funcionar. Pero si por otra parte no se ordena el territorio en la propia cuenca alta, ni aguas abajo, ni en sus zonas de derrame, la tragedia aparece inexorablemente.

En Tartagal se olvidó que había un sistema geomorfológico transparente y predecible, y que además la cuenca activa estaba ecológicamente desmembrada, todo ello en un entorno afectado por el cambio climático global. ¿Cómo pudo permitirse que se desmembrara la delicada integridad de un sistema hídrico tan importante y necesario? ¿Porqué el municipio de Tartagal y el gobierno de la provincia de Salta permitieron que la población se estableciera en zonas potencialmente inundables, o sometidas a colapso del terreno? ¿Quienes fueron los responsables de los pobres o inexistentes planes para enfrentar catástrofes naturales y de origen humano?. Estas preguntas y sus respuestas obvias se repiten en casi todo el país. Aparentemente para el gobierno y muchos sectores de la sociedad es más importante aumentar el cultivo de soja, que ya se extiende sobre más de 17 millones de hectáreas, y asumir el desmonte salvaje como símbolo de progreso. Cada hectárea que hoy se desmonta cuesta la vida de familias y niños que todavía no nacieron. Pero aún así el desmonte continúa en Córdoba, en Santiago del Estero, en Salta, en Chaco, en Formosa, en Jujuy, en Misiones. Se hacen malas leyes y se efectúan peores controles, los gobiernos festejan cada 5 de junio el día del ambiente, y los funcionarios lanzan ambiciosos proyectos de forestación y reforestación cuando lo más importante es evitar que se destruyan los pocos bosque nativos que todavía quedan.

Tartagal está a la vuelta de la esquina. Es una de las tragedias anunciadas que seguirá repitiéndose en Córdoba, en Chaco y en cualquier otra provincia donde los gobiernos y muchos ciudadanos continúen creyendo que la naturaleza debe ser aplastada, emparejada, mejorada. Argentina no soporta una hectárea más de ecosistema natural destrozado. Todos debemos asumir que a la naturaleza solo se la domina obedeciéndola. Pero para obedecerla es necesario que cada uno de nosotros, y cada funcionario, la comprenda. Si bien son necesarias nuevas evaluaciones de la realidad geomorfológica y ecológica de las cuencas hídricas más comprometidas, y de las zonas de riesgo que definen, lo más importante y urgente es prohibir los desmontes y proteger las cuencas hídricas completas. Cualquier otra propuesta es apenas un paleativo o una disculpa política. Los malos gobiernos y los empresarios inescrupulosos ya rompieron demasiado la delicada matriz ecológica de Argentina. Tartagal es un llamado de alerta trágico, y una catástrofe que pudo ser evitada. La respuesta no son obras y cemento, sino sabiduría natural, buena ciencia, políticos responsables y ciudadanos que sepan gritar su sufrimiento.

Mientras las topadoras sigan funcionando en Argentina al amparo de malas layes y supuestos planes de desarrollo sustentable, y los Municipios no aprendan a convivir con las cuencas hídricas, Tartagal, en todo su drama, será apenas un caso más en la larga lista de tragedias sociales y ambientales. Las mismas que anticipó Platón, las mismas que siguen anunciando los lugareños.

(*) Biólogo, presidente de FUNAM, profesor titular en la UNC y Premio Nobel Alternativo 2004.

(**) Foto Gentileza. Diario Página 12

Fuente: http://www.funam.org.ar/

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